II Formigues Festival: aquí mandan los niños

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II Formigues Festival (4 y 5 de octubre) – Recinto Villacamp (Puente del Hierro) – Benicàssim

En la forma, poco o nada diferencia al Formigues Festival de otros festivales de música de nuestro país. Como el Sonar o el Primavera Sound, tiene como cabeza de cartel a grupos que huyen de propuestas comerciales y apuestan por sonidos que van desde el pop hasta la electrónica o el jazz. Y, como el FIB o el Bilbao BBK Live ofrece una zona de acampada -en este caso, no incluida en el precio de la entrada- para que los asistentes pernocten los dos días que dura este evento. También cuentan con la participación de agrupaciones noveles como la Sedajazz Kids Band o Cake Kids Electroband y con actividades paralelas a los conciertos que nos recuerdan al Rototom Sunsplash.
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Horchatería Vida: otra forma de disfrutar de la horchata

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Horchatería Vida – Partida de Saboya, 6 (Alboraya) – Tel. 961857534

A mi hijo no le gusta la horchata. Es más de helados, de cucuruchos de dos o más sabores imposibles. Chicle con chocolate, nubes con limón, huevo Kinder con fresa. Yo prefiero la horchata. Me gusta tomarla líquida y poco dulce. A veces la acompaño de fartones, de esos que huelen a recién hechos y que, cuando los mojas en la horchata, aún conservan su textura crujiente. Nada que ver con los de bolsa, blandos y con sabor a bollería industrial. En eso coincidimos Daniel y yo, en el gusto por los fartones artesanos. También, en el lugar donde tomarlos. A él no le llaman las horchaterías al uso, con terrazas abarrotadas de gente e interiores de neón. A mí tampoco. Quizá la culpa la tenga la Horchatería Vida. Desde que unos amigos nos llevaron a conocerla, no hay otra a la que queramos ir. ¿Queréis saber qué tiene esta horchatería de especial? En Espai Menut, hablo de ella.

 

Kidnelis: la lectoescritura también puede ser un juego

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¿Os acordáis de cuando aprendisteis a leer y a escribir? Yo no. Mis recuerdos empiezan a ser consistentes a partir de los siete años, ya en el Max Aub y con Montse, Silvia o Tania como compañeras de aula. Antes de eso, pequeños retazos: globos de agua en el patio del colegio, juegos alrededor del edificio de infantil, casas pintadas en tiza y bocadillos hechos por mi abuela. Poco más. Mi madre me cuenta que aprendí a leer con seis años y que, desde entonces, no paré. Ahora, cuando veo a Daniel apretando puños y ojos e intentando descifrar qué se esconde detrás de las letras, me preguntó cómo lo haría, cómo conseguiría convertir esas lineas rectas y curvas en palabras con sentido. Fácil no parece. Y en según qué momentos, divertido, tampoco. Perfilar una “a” dibujada con puntos, escribirla, pintarla, recortarla. Hacerlo un día y otro y otro hasta que, por fin, esa esa vocal deja de ser una desconocida y pasas a otra y a otra y a otra. Sigue leyendo