Bajo Presión – Carl Honoré (2008, RBA Libros)
One, two, three, four, five. Canturrea Daniel. Y, yo, fantaseo con que mi hijo de casi cuatro años haya sacado el gusto por el inglés de su padre y su cuidada pronunciación y barajo la posibilidad de incluir este idioma como materia escolar el próximo año. Hago cálculos mentales y diseño una agenda infantil con una clase de natación en el ecuador y dos de inglés en los polos.
Six, seven, eight, nine. Me mira mientras juega a ser pirata y coloca en el mástil de su chalupa un coche de policía. “Para vigilar”, avisa. Y yo, divertida con su advertencia y rodeada de sus clics, me imagino a Daniel sumido en la rutina adulta: con prisas por llegar al colegio, con más prisas para no perderse natación e inglés y con miradas furtivas a la ventana de la academia de turno, en busca de juegos ajenos. Entonces me vienen a la memoria las palabras de Carl Honoré en su libro Bajo presión: “Cuando los adultos controlan al milímetro la infancia de los niños, éstos pierden todo lo que da satisfacción y sentido a la vida: pequeñas aventuras, disfrutar del sentimiento anárquico, viajes secretos, juegos, contratiempos, momentos de soledad e incluso de aburrimiento. Sus vidas se convierten en extrañamente sosas, sin logros personales y en cierta medida aburridas y artificiales”.
Y me acuerdo de las declaraciones paternas que el historiador y periodista canadiense reúne en su ensayo y de tantos otros que, como ellos y fruto de miedos, frustraciones y buenas intenciones, privan a sus hijos de lo más importante: de tiempo para jugar y relajarse solos o en compañía de sus padres y amigos.
Ten. Pronuncio emulando a Raphael en su versión de Aquarius. “Después del nine viene el ten”. Daniel se ríe y repite. Los juegos no paran. Mis cálculos, sí.


Una reflexión muy interesante!
Paula, si tienes un poquito de tiempo este verano, te recomiendo su lectura. Citas como ésta, abundan. Y lo mejor del ensayo es que incluye declaraciones de padres y profesores de todo el mundo y estudios que muestran una sociedad exigente y, en algunos casos, asfixiante con los niños.
Desde luego que es interesante. “pequeñas aventuras, disfrutar del sentimiento anárquico, viajes secretos, juegos, contratiempos, momentos de soledad e incluso de aburrimiento.” Por supuesto, pero alguna de esas actividades… in english.
Tienes toda la razón, Chema. El problema no es el idioma, sino cómo se da a conocer y con qué actividades se combina su aprendizaje. Si un niño aprende inglés, francés o italiano y lo hace a partir del juego, ¡perfecto! El problema son las agendas escolares que no dejan espacio para la diversión de los pequeños.